Sáenz Peña. En la Misa Crismal concelebramos el obispo con los sacerdotes, se consagrará el Santo Crisma y se bendecirán los otros óleos.
Esta Santa Misa expresa la plenitud del sacerdocio del obispo que preside, y la estrecha unidad de todos los presbíteros con él.
El mensaje de Monseñor:
Qué emoción habría en el Corazón de Jesucristo al perpetuar su presencia real a través de la Eucaristía, y al consagrar a los Apóstoles ministros suyo para distribuir los tesoros de la Gracia. La Última Cena estuvo llena de gestos y de enseñanzas de Jesús, como la de lavarles los pies para que se les grabara que tenían que vivir entregados al servicio, entre ellos, y con los demás. No se le ocultaba al Señor el peso grande que caía sobre estos discípulos. Les dio una pauta: la de estar muy unidos, hasta en lo mínimo, a imagen de Nuestro Padre Dios con el Hijo. Esa unidad haría y hace eficaces los esfuerzos pastorales, la entrega a la misión.
La liturgia cristiana ha hecho propio el uso del Antiguo Testamento de ungir con óleo a los reyes, a los sacerdotes y a los profetas. El Rey David, por ejemplo, vivía pendiente de Dios, buscando su voluntad, confiaba en Él; con humildad lloraba sus pecados, sus faltas de fidelidad. Aarón fue ungido sacerdote para servir a la comunidad, lo serían sus descendientes; debían distinguirse por su pureza de vida y su santidad. Dios hablaba a través de los Profetas, también ellos eran ungidos. Todos eran imagen de Cristo, palabra que significa ungido del Señor.
También nosotros, los sacerdotes y el obispo, hemos sido ungidos. Ungidos del Señor para un rol importantísimo, el de hacerlo presente no sólo por la Palabra, sino en cada Misa, en cada sacramento que administramos. Somos presencia especial de Cristo sacerdote. Tu eres sacerdote para siempre, también dormidos o si estamos solos.
Aflojaríamos si en algún momento no nos comportamos de acuerdo a nuestra identidad, aunque ninguno nos vea. Le pasó al Rey David cuando distraído de Dios y de su responsabilidad acabó pecando gravemente, también a Aarón cuando desconfió de Dios ante la prolongada ausencia de Moisés en la montaña y fabricó un ídolo.
Nuestra misión es enorme. Nos ha enviado el Señor a llevar la buena noticia al pobres. ¿Quién es pobre? Aquel a quien le faltan los recursos para satisfacer sus necesidades básicas. Hay muchas necesidades materiales por todas partes y se sufre; procuramos acompañar, ayudar en lo posible. Una necesidad básica es la vida de Dios, que el Espíritu Santo nos guíe y que alcancemos el Cielo. Es enorme la carencia de Dios en tanta gente, no saben distinguir entre el bien y el mal, buscan la felicidad donde no la van a encontrar, es trágico: De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma (Mt 16, 26).
Todos estamos llamados a ser sal y luz del mundo, ustedes queridos fieles, las religiosas y los religiosos por un llamado tan especial, y de modo particular los sacerdotes, Recemos por todos y por todas.
En su última Misa Crismal, pocos días antes de morir, el Papa Francisco puso el acento en la necesidad de la oración en la vida de los sacerdotes. Alentó a vivir en un clima de oración, de diálogo con Dios, a caminar con sus luces, con su fuerza. Afirmó el entonces Papa que si no cuidamos la oración, nuestras palabras no tendrán la fuerza de Dios, esa fuerza que tenía Cristo al hablar.
Nos ha enviado Dios a vendar los corazones heridos por tantos sufrimientos, por el pecado que lastima tanto al alma. Sanamos esas heridas administrando el Sacramento del Perdón que purifica y sana; Dios ha querido que los sacerdotes seamos instrumentos para que al oír las palabras de la absolución el penitente tenga la certeza del perdón de Dios.
Qué pena da una vida prisionera en el error, en el desorden de las pasiones, de la mentira, de la violencia, de tantos males. Cristo murió para darnos la vida de Dios, para liberarnos del cautiverio del pecado. Es verdad que somos débiles, que aflojamos, pero Él siempre nos perdona, nos alienta, nos alimenta, nos acompaña, camina a nuestro lado.
Queridos sacerdotes, que siempre nos asombre poder celebrar la Santa Misa, es impresionante lo que nos confió el Señor. No son las muchas palabras, sino la acción de Dios la que sana y transforma un alma, su acción en la Eucaristía, en la Penitencia, por supuesto a través de la Palabra. Así crece la santidad en una parroquia; tenemos el ejemplo de San Carlo Acutis, como la Eucaristía lo llenó de sabiduría, de prudencia sobrenatural.
Leo unas palabras del Papa Francisco en la Misa crismal 2025 hablando a los sacerdotes. Este es el Espíritu que invocamos sobre nuestro sacerdocio: hemos sido ungidos con Él, y precisamente el Espíritu de Jesús permanece como protagonista silencioso de nuestro servicio. El pueblo percibe su soplo cuando en nosotros las palabras se hacen realidad. Los pobres, antes que otros, así como los niños, los adolescentes, las mujeres y también quienes han sido heridos en su relación con la Iglesia, tienen “olfato” para el Espíritu Santo: lo distinguen de otros espíritus mundanos, lo reconocen cuando coinciden en nosotros el anuncio y la vida. (…) Y pongan atención, ¡nunca hay que desanimarse, porque es obra de Dios! ¡Creer, sí! ¡Creer que Dios no fracasa conmigo! Dios nunca falla. Recordemos aquella frase durante la Ordenación: “Que Dios mismo lleve a término esta obra buena que en ti ha comenzado”. Y lo hace.
Recen por nosotros, lo necesitamos mucho. Y recen por las vocaciones sacerdotales, se nota que rezamos. El Espíritu Santo moverá el corazón de muchos jóvenes para que escuchen el llamado, y sientan la alegría de darse a Dios siendo sus ministros, en servicio a los demás.
No todos están llamados al sacerdocio, pero sí a ser santos y mensajeros. Al reconstruir una Iglesia en Alemania después de la II guerra mundial, colgaron el crucifijo como había quedado, sin brazos, con un cartel que dice: Uds. son mis brazos. Todos somos los brazos del Señor, en las familias, en el trabajo, en todas partes, ayudando a que descubran a Cristo, lo escuchen, lo sigan.
Rezamos unidos al Papa León XIV, ponemos en la Misa sus intenciones, rogando por la paz del mundo, que cesen las guerras. Nos ponemos en las manos de Nuestra Madre la Virgen Santísima. Así sea.

