Sáenz Peña. La comunidad de la diócesis de San Roque vive días de profunda alegría e identidad eclesial previos a la ordenación de nuevos diáconos permanentes, hombres que, desde su vocación y su vida familiar, asumen un ministerio fundamental para la misión de la Iglesia Católica.
El viernes 5 de diciembre será la Ordenación Diaconal de José Lourtau (Las Breñas) y Carlos Honziak (Santa Sylvina). La ceremonia será en Catedral San Roque a las 19.30hs, anunció la Diócesis en sus redes sociales invitando a que «Seamos Peregrinos de Esperanza. Vivamos el Año Santo».
Según la publicación, el diaconado permanente, restaurado en el Concilio Vaticano II, representa una expresión viva del servicio evangélico. A diferencia de los futuros sacerdotes, los diáconos permanentes pueden estar casados y desarrollan su misión integrando su vida familiar, laboral y comunitaria con su ministerio. Su ordenación no es solo un rito, sino la confirmación de un llamado a la entrega desinteresada en cada ámbito donde habita el Pueblo de Dios.
En la diócesis de San Roque, este servicio adquiere un valor especial: los nuevos diáconos se insertan en una realidad social diversa, marcada por profundas necesidades espirituales y humanas. Desde las comunidades rurales hasta los barrios urbanos, su presencia fortalece la cercanía pastoral y el acompañamiento cotidiano.
Por otra parte se remarca que en una diócesis extensa como la de San Roque, estos ministerios ayudan a sostener la vida parroquial y a mantener la presencia de la Iglesia allí donde muchas veces el sacerdote no puede llegar todos los días.
Para los nuevos diáconos, la vocación no surge como un hecho repentino, sino como un proceso de discernimiento que atraviesa la familia, el trabajo y la participación en la comunidad parroquial. Son hombres sencillos, padres de familia, trabajadores, que experimentan en su vida diaria la invitación a servir más plenamente al Evangelio.
Finalmente se indica que la formación diaconal, exigente y profunda, los prepara para integrar la espiritualidad, la pastoral y la teología con la realidad concreta en la que viven. Este equilibrio es uno de los rasgos que distingue al diaconado permanente: un ministerio profundamente encarnado en la vida cotidiana.
