Por Rafael A. González
Si le preguntamos a la inteligencia artificial qué significa «gestionar», nos contesta: «encargarse de la administración, organización y ejecución de algo para lograr un objetivo, llevando a cabo las acciones necesarias, coordinando personas y recursos, y haciendo que las cosas sucedan, a menudo implicando un proceso de dirección y ejecución». En esencia, es poner en marcha y mantener en funcionamiento una iniciativa, desde el plan hasta la acción, a menudo traduciendo la dirección en resultados concretos.
De la lectura de la prensa veo que el gobierno impulsa, porque necesita —según sus dichos—, financiamiento para su tesorería y dinamizar la acción de los puertos, para lo que ha enviado a la Legislatura provincial dos proyectos de ley.
Si los ha enviado, significa que no tiene facultades para resolver sobre la cuestión y requiere una ley que lo autorice.
Sin entrar en detalles técnicos, ambas leyes necesitan una mayoría agravada, o sea dos tercios. Una porque trata sobre endeudamiento y otra porque trata sobre concesión.
Gestionar es poner en marcha y mantener en funcionamiento una iniciativa.
Analizados ambos proyectos, hasta donde un ciudadano común puede llegar, los mismos carecen de una justificación técnica amplia, acorde con su importancia, o sea, están apoyados solamente en la declaración de una necesidad y en la descripción de una realidad presente que se pretende modificar con un procedimiento, algo así como «crean que esto es necesario y apruébenlo».
La política sustentable requiere la búsqueda del consenso y el consenso entre partes, requiere el convencimiento de una a la otra con argumentos.
La gestión de ese proceso, no la veo; puede ser que exista, si es así debería ser informada.
La falta de razón no puede ser suplantada por la imposición. La imposición es prepotencia y esta es una actitud de superioridad exagerada, abuso de poder y arrogancia que una persona muestra hacia otros, creyéndose más importante o fuerte y usando su posición para intimidar o dominar, aunque en el fondo suele ocultar inseguridad y baja autoestima.
Se manifiesta a través de la falta de empatía, el desprecio hacia los demás y el deseo de control, usando el poder o la fuerza para imponerse y obtener sumisión. La gestión política es todo lo contrario.
No estoy de acuerdo con la oposición por la oposición misma. El adversario político no es un enemigo, es solo alguien con ideas distintas que siempre merece ser escuchado.
Sé que a lo mejor pido mucho, pero sería bueno que en estos dos temas -que el gobierno dice que son trascendentes y necesarios- se construya una mesa que analice los mismos, que consulte a las partes impactadas o rozadas por las decisiones a adoptar.
Que se discutan estos temas de cara a la sociedad, con transparencia y haciendo docencia sobre la necesidad de la decisión que se adopte.
El adversario político no es un enemigo, es solo alguien con ideas distintas.
Cuando escribo estas líneas, no puedo dejar de pensar en Horacio Francisco Pernasetti, presidente del Bloque de la Unión Cívica Radical durante el período 2001-2005, en la Cámara de Diputados de la Nación, con el que compartíamos la mesa directiva de la Comisión de Presupuesto y Hacienda, en la etapa de crisis más profunda, cuando las necesidades de leyes especiales y específicas eran acuciantes, y en el tratamiento de un proyecto del Ejecutivo, venía y me decía: «Rafa, acá te paso este artículo para que lo cambies en el proyecto. El que está no está bien redactado, el bloque va a votar en contra, pero el gobierno necesita esto, y ustedes ya tienen los votos».
