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Se fue un gran tipo, «un loco lindo»: falleció «Pocholo» Barreto

Sáenz Peña. El jefe de Deportes del diario Primera Línea murió ayer producto de un infarto. La noticia sacudió redacciones e instituciones donde, el correntino que hecho raíces cruzando el charco, se relacionó. Desde OdeN lo recordamos con este artículo escrito por Jorge Gil, amigo y colega.

El cielo está de fiesta

Se nos fue Pocholo, que se oiga un chamamé y suene un sapucay eterno en su memoria

Por Jorge Gil (*)

Hoy estamos muy tristes en Primera Línea. Medio perdidos, como sin rumbo. Y es que así, sin avisarnos y en medio de esta situación de la pandemia que nos mantuvo alejados, trabajando en cada uno de nuestros hogares, se no fue el maestro, José Antonio “Pocholo” Barreto. Podríamos decir que Pocholo era un correntino de ley, un chaqueño por adopción, un gran profesional y una gran persona; sin orden de mérito para ninguna de estas categorías, en todas estaba al tope, en todas se destacaba.

Pocholo comenzó en la profesión, como periodista deportivo poco después de finalizar el colegio secundario, allá por 1983, ayudándole a su padre, una gloria del periodismo correntino deportivo, Don Barreto, también José Antonio, como él. Y esa llama iba creciendo en su interior, como queriendo asomar definitivamente, lo que ocurriría más temprano que tarde.

Vaya a saber por cuáles motivos decidió comenzar la carrera de Contador Público Nacional y cuando sólo le restaban cinco materias para recibir el título decidió abrazar de lleno la profesión de periodista deportivo; en primera instancia como un hobby y después como profesión única hasta el último día de su vida y durante las 24 horas de cada día. Y claro, porque su cabeza nunca paraba.

Era tan profesional que jamás dejaba nada librado al azar y estaba atento hasta en el último detalle para llevar la noticia a los lectores, televidentes o radioescuchas. Jamás ibas a sorprenderlo advirtiéndole una equivocación. Él hacia sus notas, las releía y se corregía hasta al cansancio; hasta que no quedara nada de lo que no estuviera seguro. Y obviamente era de esa raza de periodistas de antes, que no se conformaba con el teléfono. Siempre iba al lugar adonde tenía que ir a buscar su exclusiva.

Con su bonhomía y su trato profesional para todo el que requiriera de su pluma, se mostraba de igual forma en la redacción, ya fuera que el entrevistado sea el más encumbrado deportista o alguien que recién comenzaba a dar sus primeros pasos. Y nunca tenía excusas para ir a cubrir eventos. El tipo iba, no importaba cómo, por el medio de la polvareda o el barro; con más de cuarenta grados de calor, o con mucho frío y llovizna. Ahí estaba, en las canchas, siendo Jefe de la sección Deportes y sin que se le caiga ninguno de sus títulos. Y en este sentido tanto el básquet como el rugby, especialmente; y todos los que hacen a la gran familia de ambos deportes lo van a extrañar y mucho.

Pocholo fue integrante del staff de periodistas deportivos del Diario de Corrientes, allá por 1992 y después asumió la jefatura de la sección hasta 1995. En ese período impulsó muchas innovaciones a esta rama del periodismo y con sólo 27 años ya mostraba su perfil de líder. Los muchachos de la sección lo escuchaban atentamente en las mesas de redacción que se hacían por entonces al comienzo y al final de cada jornada periodística. Y también lo admiraban. Todos sus discípulos, los que verdaderamente aprendieron de él, son profesionales de lujo en ambas orillas del Paraná.

En 1995 llegó tímidamente a Resistencia para incorporarse a la sección Deportes del diario El Diario. No tardó mucho en demostrar también aquí su liderazgo y rápidamente fue ungido a la Jefatura de la sección. Fue entonces cuando también conoció a su compañera y su esposa, quien lo acompañó hasta su último momento vivo.

Pocholo organizaba como pocos las tareas para toda la gente que trabajaba con él, sus periodistas y sus noteros. A todos les decía qué iban a ir a hacer a la cancha y qué caminos alternativos tomar cuando las cosas no eran como se esperaban en la cobertura. Tenía todo prolijamente escrito. Y también tenía la grandeza de los jefes de aplaudir a cualquiera de “su gente” como los llamaba él, cuando la pegaban de motus propio con una nota o una primicia. Lejos de competir, los instaba a ser mejores.

Por sus méritos, a mediados de 2002 fue convocado para formar parte del staff de Primera Línea, ya como jefe de la sección Deportes; Línea Deportiva lugar en el que se desempeñó con absoluto profesionalismo hasta el último de sus días.

Y paralelamente, a contraturno, era el Jefe de Prensa del Club Regatas de Corrientes, del cual además era un hincha más. Fanático como pocos, amaba esos colores y estaba al borde del infarto (sin exageraciones), en cada uno de los partidos en que su equipo se la jugaba en la Liga Nacional. Fue un puntal muy importante para la entidad deportiva de la vecina orilla y seguramente la historia lo ubicará en un sitial destacado porque transformó la manera de comunicar. Y desde que comenzó su trabajo el Club tuvo otra presencia en los medios y en la consideración de la ciudadanía correntina, de la región y del país.

Mejor persona
Pero si hablar del profesionalismo de Pocholo no cuesta nada, menos aún de su faz como persona. Dejo para el final mi apreciación personal.

Pocholo era un tipo de convicciones fuertes. Era buen amigo y familiero y las cosas debían hacerse bien. Quién no lo va a recordar con su famosa frase: “Mi mamá es una santa”. Y de su devoción por cuidar de ella y de su papá. Su amor por su hermano y por su sobrina. Y ni hablar de la protección que ponía sobre su círculo íntimo y hasta para la familia que también eligió cuando escogió a su esposa.

En esa dualidad que tienen los correntinos tenía una devoción inmensa por su “Virgencita de Itatí”, pero de igual forma invocaba en los momentos de necesidad a su “Gauchito Gil”, del que tenía algunas anécdotas desopilantes para los incrédulos.

Conservaba sus amigos de la infancia y en cada ocasión de celebración o de tristeza, allí estaban todos, rodeándolo, divirtiéndose con él o haciéndole el aguante. Y sumaba a sus afectos, con su respectiva reciprocidad, a todos los que iba conociendo. Todos los amaban. No habrá persona que hable mal del “Pocho”.

Pocholo estaba absolutamente convencido de la importancia que los clubes tienen para las sociedades. Y no escatimaba ningún esfuerzo para aportar, ya sea monetariamente o con horas de trabajo para fomentar el éxito de los mismos. “En el club no hay chicos pobres ni ricos, ahí se juntan todos y son lo mismo. Nadie se siente menos ni más y estamos todos los padres para apoyarlos”, solía decir; destacando la importancia de que los progenitores sean activos partícipes de las actividades del club. “Somos una gran familia y tiramos todos juntos del carro”, decía cuando se refería a su club Regatas Resistencia que adoptó en nuestra capital como su segunda casa.

Allí llevaba a sus hijos a diario, a practicar deportes, allí gozaba de las performances de Valentina en natación y de Josecito en básquet. Allí compartía con otros padres el locro, el guiso, las empanadas o el asado, después de largas jornadas de trabajo para conseguir fondos a fin de que los chicos pudieran viajar, “no solamente a jugar con otros iguales de otras ciudades o provincias, también a divertirse, a pasarla bien y a conocer”, solía fundamentar.

Así también consideraba al Colegio Don Bosco, al que iban sus hijos. Siempre presente en todos los eventos, acompañándolos a los pibes y colaborando para que la institución pudiera seguir cumpliendo su rol de beneficencia.

Y así también era en el trabajo, en la labor diaria, con cada uno de los compañeros. Se hacía presente ni bien abría la puerta con su vozarrón, llamando la atención de la recepcionista, del departamento de publicidad, de la secretaría, de la gerencia y de la redacción. Siempre sonriente, siempre irradiando alegría, aun cuando estuviera viviendo un momento difícil, situaciones de los que no se quejaba y de las que solamente nos enterábamos cuando la información venía por alguna fuente externa y le preguntábamos.

Adiós al amigo
Seguramente hablo por todos, o por casi todos mis compañeros, pero me reservé este último párrafo para decir que Pocholo era mi amigo, uno de esos hermanos que uno elige en la vida. Esos a quienes recurrimos cuando queremos una opinión balanceada, racional, a sabiendas que van a ser francos, aunque duela. Uno de esos que aprietan fuerte la mano y dan abrazos aun más potentes. Y que aunque pase el tiempo, siempre están cuando los necesitamos.

Si pudiera ponerlo en palabras, diría que estoy devastado y que daría cualquier cosa por volver hoy a la redacción y compartir con él uno de sus chamamés amados.

¡Va a ser muy difícil la vuelta!
¡Un sapucay eterno al cielo, amigo!

(*) Jefe de Redacción.