Vinieron a hacer la revolución pero se dedicaron a robar

Por Julio Bárbaro (*)

“El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo”. Lenin hablaba de esas cosas y a nosotros ese virus se nos instaló en el peronismo con poco de ideología y demasiado de cortina de humo. Derechos humanos que falseaban el pasado y le asignaban a la violencia guerrillera funciones curativas. Gente que se inventaba pasados a cambio de deformar presentes. El movimiento nacional después de la muerte del General fue invadido por la derecha más cruel, fue entonces que fundamos el “Grupo de trabajo” en el Parlamento; fuimos minoría pero salvamos la dignidad.

Luego vendría la justa derrota con Luder, la lucha para expulsar a Saadi y sus muchachos, a esto sumamos que nos aplastaron varias veces y fue necesario romper el Partido para volver a ser alternativa. Con Carlos Menem la traición se instala en el Gobierno, todos los principios del movimiento nacional fueron basureados por sus funcionarios. Multiplicamos la miseria, asociados con lo peor del liberalismo y algunos restos de la dictadura.

Vendrá luego el atroz estallido de aquella convertibilidad que se instaló en nuestro nombre y serán nuestros militantes los que nos saquen de aquel horror. Néstor hereda esa bonanza y con el tiempo la irá convirtiendo en una secta. Cristina cierra ese ciclo con sueños continentales y discursos que engendraban enemigos. Todo al revés del General. Perón vino a pacificar y los Kirchner, a engendrar odios y enfrentamientos. El peronismo fabricaba aviones, los Kirchner importaban durmientes. Vendieron YPF, la peor traición, la recompraron a cambio de una pérdida enorme para la nación. Néstor fue digno y lúcido en la negociación de la deuda externa, constituyó un poder personal similar al necesario poder del Estado. El autoritarismo y la corrupción suelen compartir destino, la complicidad fue más fuerte que los deseos de creer en la causa de muchos convencidos. Y fueron dejando girones del movimiento en el camino.

Lograron forjar el triunfo de una derecha que en el fondo era más democrática que esa demencia que ni siquiera tuvo la grandeza de entregar el bastón de mando. Y se quedaron con los obsecuentes de siempre, los funcionarios que aplauden al poder de turno porque dependen de su generosidad. Demasiados que aplaudían a Menem sufrieron amnesia, se volvieron progresistas y siguieron aplaudiendo. Demasiados peronistas se corrieron y algunos viejos enemigos de izquierda —o parecido— vinieron a ocupar su lugar. Eclécticos, hasta imaginaban que los chinos eran imperialismo bueno por ser comunistas, oportunismo del bueno; nunca dignos en la difícil, se amoldaron a todo en el poder.

Cuando Menem agonizaba, algunos se amontonaron a cantar la Marcha, como si el himno ajeno sirviera de conjuro para el delito propio. En ese tiempo renuncié al Partido, ya estábamos con los Kirchner para forjar una alternativa. Duró mucho y terminó siendo un fracaso. Del pensamiento de Perón ya queda poco y nada. Más allá de eso, debemos reconstruir una idea de nación que supere la patética propuesta de economistas y encuestadores. Hay muchos que van tomando conciencia de esta necesidad. Algunos del peronismo, otros del radicalismo y hasta los hay en el mismo Gobierno.

Hoy no somos una sociedad viable. Las ganancias de los grandes grupos son mayores a nuestra misma capacidad productiva. La miseria crece a la par del enriquecimiento de demasiados que no producen nada. Cristina nos llevaba a una guerra que jamás podríamos ganar: como la guerrilla, se buscaba repetir la epopeya romántica de un destino trágico. La corrupción que sale a la luz es la miseria de esas entrañas de odio, la contracara de tanto militante que buscaba una causa y debió conformarse con esa fotocopia, con esa falsificación burda más convocante a la vergüenza que a la mística.

La mayoría fue tomando distancia, de Menem no quedó nadie, de los Kirchner van a sobrevivir sectores radicalizados, de esos que se fanatizan y se vuelven cada vez más enojados y menos votados. La corrupción salió a la luz, negarla es imposible, los errores del Gobierno no se cubren con ella ni le devuelven vigencia a los derrotados. La corrupción no era una debilidad de la revolución, sino al revés, la mística era tan solo una cobertura de la codicia. Y más aún, esta enorme corrupción que se destapa no alcanza para explicar la miseria que nos invade, el poder de los grandes grupos y la desmesura de sus ganancias todavía ni siquiera fueron cuestionados. Y en eso los Kirchner están en deuda y los del PRO ni siquiera se dan por enterados.

Un poeta peruano me contaba hace años que la madre lo llevó de niño en brazos a ver el mar y él sólo dijo: “Cuánta agua” y su madre agregó: “Sí, pero debajo hay mucha más”. La corrupción me lo devolvió a la memoria, no imagino por qué.

(*) Publicado en Infobae